sábado, 1 de septiembre de 2007

La montaña al alcance de la mano

Desde aquella llamada, la ansiedad se me comía por dentro. Estaba estudiando y tuve que dejarlo. Era el día de mi famosa fideuà y tuve que dejársela a mi madre, porque tenía demasiadas cosas en qué pensar, y demasiado que hacer, si es que al final no conseguía encontrar alguna pega que me hiciera dejar de comerme la cabeza.
No la encontré, y ahora mismo que estoy escribiendo esto, me alegro cantidad.
Más bien eran mis acostumbrados nervios en el estómago, del miedo a lo desconocido, a hacer el ridículo o a no sé muy bien qué cosa. Esos nervios no se me pasaron hasta el día siguiente y tal vez habían sido innecesarios, en unas horas me enteraría.

A los dos días de aquella llamada, de haber escuchado las palabras emocionadas de una amiga, las irritantes palabras de mi madre intentando que no fuese, y las machistas de mi abuelo, dando a entender que mejor que conduzca un chico al que sólo conoce de diez minutos que su nieta…, salí decidida hacia allí, pensando que volvería cuando el sol estuviese escondiéndose, aunque me equivoqué (y me alegro).
A los diez minutos de haber llegado, me di cuenta que mis nervios, como siempre, no habían servido para nada. Me lo estaba pasando muy bien, y me estaba riendo más que en todo el verano.
No sé si todas las personas allí estaban tan a gusto como yo, pero si no lo estaban, disimulaban muy bien.
Y cuando me disponía a volver hacia casa, a nadie le pareció bien. ¿Un día más? La verdad que me lo había pasado bastante bien como para irme, y todavía quedaba lo mejor.
Salir a bucear, puede ser una de las cosas más relajantes…cuando aprendes a controlarlo todo, porque al parecer yo tenía muchos problemas (al principio). Era como en las películas, ver aquellos peces y que no se asustaran al ver un ser humano por encima de ellos, aquellas plantas que nunca había visto. No me quería ni imaginar cómo sería ir más al fondo.
Y la noche, una auténtica locura. Después de cenar, jugar, beber y más beber…y más beber, a dormir… al menos a intentarlo.
Una, dos, tres y hasta cuatro horas nos mantuvo despiertos el calor. Calor que sólo nos mantenía despiertos a nosotros en toda la casa.¿?
Luego, durante la noche algunas cosas que no tengo muy claras, leves recuerdos sin sentido que tal vez sigan así para siempre.
Al día siguiente, después de un despertar un tanto oscuro, otro día como el anterior, sólo que este sí me aguardaba un regreso a casa, a pesar de los pesares y de las historias que inventaron por mí para que no me fuera.
Y vuelta a la normalidad, la monotonía y el aburrimiento (que tal vez sea todo lo mismo).
Y un mensaje algo confuso que me hizo reír y sentirme mal al mismo tiempo, supongo que por que yo también soy de las que piensa en verde, aunque supongo que él no lo hacía al escribir el mensaje, así que de ahí el sentimiento de culpa.
… Y menos mal que la playa no me gusta…

  • La Frase del Día:


“No cabo de gozo”

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